Este café sabe a la memoria
Hacia el cielo extenso, encima del solar, subía el vapor del café de las tazas que estaban en la mesita entre los dos hombres. El largo tiempo que había pasado desde su último encuentro no paró la conversación; no creó tensión entre los viejos amigos. Ellos siempre solían hablar de los asuntos del mundo – la economía, la posición de España en la gran guerra – pero ese día solamente había un tema que entró en su charla. Moviéndose en su silla para ponerse más cómodo, el hombre miró a su amigo y le preguntó:
-¿Cómo ocurrió?
Con una sonrisa de comprensión, el abogado joven respondió -¿Quieres saber el cuento de mi compromiso? Pues…
-Mi familia conocía a la familia de Luisa desde hacia muchos años. Nuestros padres fueron vecinos cuando eran chicos y todavía son amigos. Estaba claro para mí que nuestros padres tenían intenciones de unirnos a Luisa y a mí, porque recibí una invitación para cenar con la familia de Luisa sin mi padre. Pues, los dos hombres viejos son inteligentes, muy inteligentes. Con una sola sonrisa, Luisa hizo que me enamorara de ella; me encantó – su belleza, su autoridad… la amo. Y tenía cariño por su familia también.
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Agueda lloró en su cuarto. Hacía tres semanas de la boda, pero ella no podía olvidar que ella quería un esposo bueno que la amara. Ella vio el solar y las casas vecinas y comenzó a soñar con un hombre, pero su mama gritó <<tenemos compañía>>, y entonces ella fue al cuarto donde su familia estaba. Ella vio muchas caras familiares, pero ella estaba muy sorprendida al ver a un hombre nuevo con cabello bermejo. Agueda miró a su madre y esperó que la presentara. <<Agueda, este es Rafael. Es un amigo de tu hermano nuevo>> la madre dijo. <<Hola>> dijo Rafael. <<Hola. Soy Agueda>> ella dijo muy tímidamente.
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El Cuento de Águeda
Había una vez, la familia consistía de Águeda, Luisa, Matilde, y Maria. Ellas vivían en una casa con sus padres. Los padres les amaban todas sus hijas con mucho amor. Un día, cuando Águeda tenía ocho años y Maria tenía cinco años, la familia fue a la playa. Maria y Águeda estaban en el agua y los padres, Luisa y Matilde caminaban por la playa. Mientras Maria y Águeda estaban nadando, un hombre raptó a Maria. Águeda corrió tras el hombre y lo siguió todo lo que pudo. Finalmente, no pudo correr más y regresó a la playa. Cuando los padres volvieron, Águeda lloraba mucho. Los padres le preguntaron lo que ocurrió. Águeda les dijo el cuento, pero los padres no le creyeron que ella ha dicho la verdad. Culpaban a Águeda por haber perdido a Maria. Debido a esto, los padres no querían que Águeda se queda en su casa.
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Cada día por la tarde me sentaba en el medio de una plaza. La plaza era muy grande y había una iglesia que asisto. La plaza no era bonita pero había muchas personas con problemas legales. Soy un abogado y ayudaba las personas de la plaza. Cerca de la plaza había un solar. El solar era una zona muy pobre con muchas casas y tiendas. Algunas casas habían destruidas. Desde mi lugar en la plaza yo podía ver un balcón. El balcón era parte de una casa bonita. En el balcón había una chica muy diferente de los otros en la plaza. Todos los días yo veía a la chica y muchas veces ella estaba triste. Podía ver las lágrimas se caen por su cara. La chica tenía un problema físico. Uno de los hombros era más alto que el otro. Yo pensaba que ella lloraba por esto.
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En un barrio pequeño de Madrid vivía un joven abogado quien se llamaba Miguel. Miguel había graduado de la Universidad de Madrid y practicaba la ley en su barrio. Miguel tenia veinticuatro años y era muy guapo, con el pelo moreno y los ojos azules. Un día, Miguel y sus padres, Reina y Juan, visitaron a otra familia del barrio. Esta familia tenía un padre que encantaba a las bagatelas, una madre quien era como ‘el jefe’, y tres hermanas. Dos de las hermanas, Luisa y Magdalena, eran muy guapas y extrovertidas. Pero, la tercera hermana era fea y tímida. También ella tenía un deformación física:
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Águeda estaba en su balcón como costumbre, cuando ella empezó a soñar despertó sobre el hombre perfecto: “fuerte para respetarle, bueno para amarle, un hombre que venía a buscarla, porque adivinaba, los tesoros de ternura que guardaba en su alma; un hombre que iba a contarle en voz baja y suave, los misterios inefables del amor.” Pero cuando Águeda miraba al solar todos los días, veía lo mismo: “hombres cabizbajos, que salían del almacén o del escritorio pálidos, enclenques, envilecidos como animales domesticados.” Ella querría bordar su ajuar, no para sus hermanas, pero necesitaba encontrar el hombre perfecto primero.
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